| Dédalo,
anodadado de la larga jornada que llevaba en Creta y de un destierro
que le alejaba de su patria, resolvió salir del lugar que
miraba con verdadero horror; pero el mar ponía a su deseo
un obstáculo invencible. << Si la tierra y el mar -dijo
un día- me son cerrados por el tirano, éste no sabrá
cerrarme el camino de los aires. Aun cuando sea el dueño
del mundo entero, el cielo no está bajo su poderío
y podré por el trazarme un camino.>>
Hablando así Dédalo ideó un proyecto que jamás
mortal alguno pudo concevir. Cogió plumas, pegandolas de
forma tan admirable, que compuso dos alas en todo semejantes a la
de los pájaros. Ícaro, su hijo, que no sabía
que trabajaba en su propia perdición reunía las plumas
con un aire optimista, o bien reblandecía la cera que las
debia de unir. Dédalo, al fin, hizo el ensayo sosteniendose,
efectivamente en medio de los aires. Dirigiendole la palabra a Ícaro,
le habló de esta suerte: << Ten cuidado, hijo mío,
de volar siempre a la misma altura; si desciendes demasiado, la
humedad del agua apesantaría tus alas; si te elevas demasiado,
el calor del sol te abrasaría; ten siempre un justo medio
entre estos dos extremos. Sobre todo no te aproximes a las constelaciones
de la Osa, del Boyero y de Orión, y guiaté siempre
por mí.>> |