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HALLAZGO
DE ESTRUCTURAS SUBMARINAS EN EL OCCIDENTE DE CUBA: ¿OBRA
DE LA NATURALEZA O DEL HOMBRE?
El hallazgo de enormes formaciones rocosas en los mares que bañan
la península de Guanahacabibes constituye en verdad una sorpresa
inesperada y apasionante para la arqueología submarina. Las
expectativas a nivel internacional no decaen. Arqueólogos,
geólogos, antropólogos, historiadores, filólogos,
científicos estudiosos de culturas antiguas en sus diversas
manifestaciones así como el público en general esperan
los resultados de las investigaciones iniciadas en el año
2000 y continuadas actualmente, ahora con medios más avanzados
de todo tipo. La insoslayable pregunta es si se está o no
en presencia de estructuras megalíticas construidas hace
miles de años por la mano del hombre o si, por el contrario,
se trata sólo de enormes formaciones naturales de piedra
o de alguna otra formación geológica. |
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Citemos
algunos datos: el descubrimiento realizado en el año
2000 por la empresa canadiense Advanced Digital Communications
(ADC) –que conjuntamente con especialistas del gobierno
cubano [1] lleva a cabo una labor exploratoria en busca
de restos de naufragios ocurridos en estas aguas en siglos
pasados– se produjo de manera accidental mientras
el equipo encabezado por la ingeniera marítima ruso-canadiense
Paulina Zelitsky cumplía esta tarea en las aguas
del occidente de la isla de Cuba. Estas gigantescas formaciones
rocosas, posiblemente de granito –a las que Zelitsky
atribuye una antigüedad de unos 6.000 años a.n.e.
y por el momento considera como posible obra humana en espera
de ulteriores evidencias probatorias– están
situadas a una profundidad de 2.100 pies (650 metros) y,
a primera vista, parecen tener una determinada organización
que incluiría formas piramidales, según declaraciones
del Dr. Gabino de la Rosa, especialista del Centro de Antropología
Nacional de Cuba. No obstante, a pesar de que al año
siguiente, en 2001, se prosiguió la labor de exploración
con la ayuda de un robot submarino, las fuertes corrientes
marinas y la poca visibilidad impidieron la toma de evidencias
capaces de permitir afirmar una u otra hipótesis.
Este año 2002, el equipo ha regresado de nuevo a
la zona y con sistemas de iluminación y equipamientos
más potentes, prosigue sus investigaciones.
La importancia
de la arqueología –en este caso submarina y
además, prehistórica– es indiscutible.
La Arqueología, en general, recupera los artefactos
creados por el hombre y, a partir de ellos, tras analizarlos
y clasificarlos, pasa al nivel de la industria [2], de ésta
pasa al conjunto [3] y "Cuando el arqueólogo
describe varios conjuntos similares, en sitios diferentes,
se refiere a ellos como hablando de una cultura." [4]
En resumen, que el correcto análisis y clasificación
de los artefactos representa el punto de partida idóneo
para llegar a establecer las relaciones sociales de una
cultura antigua determinada, ya sea prehistórica
o histórica.
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En
el caso que nos ocupa, por el polémico debate suscitado
hace años en torno al origen del hombre americano,
la Arqueología –en todas sus ramas– tiene
ante sí un reto que ha asumido con optimismo: reconocer
y dictaminar si las estructuras megalíticas halladas
son de hecho artefactos o meras formaciones naturales. En
el primer caso, afirmar si los trazados que cubren las piedras
son de hecho inscripciones; si lo fuesen, a qué clase
de escritura pertenecen, y si son caminos y pirámides
el resto de las estructuras que no han podido observarse con
la nitidez requerida. Todo ello serían descubrimientos
de incalculable valor en la determinación de la génesis
del llamado amerindio y de los contactos interoceánicos
efectuados en la más remota Antigüedad. En tal
sentido, las palabras de Sir Charles Lyell [5] resultan alentadoras:
"... es probable que una gran cantidad de monumentos
producidos por la habilidad y la industria del hombre en el
curso de las edades será obtenida conjuntamente del
lecho del océano; dicha cantidad será todavía
mayor de la que exista en un momento dado en la superficie
de los continentes". Y los autores F. Hole y Robert F.
Heizer añaden al respecto: "Si se quiere conocer
un recuento ya bastante viejo de las tradiciones –algunas
de ellas probablemente estén basadas en hechos ciertos–
acerca de establecimientos humanos en lugares que hoy están
bajo la superficie de lagos o del propio océano, véase
el informe que preparó Lord Bishop of Saint David (1859)."
[6] Interesante dato, teniendo en cuenta que dicho informe
podría incluir continentes legendarios –y no
sólo la Atlántida, sino también Mu (Lemuria)–
supuestamente desaparecidos bajo las aguas a causa de algún
devastador cataclismo. |
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Ahora
bien, como estudiosa desde hace más de cuatro décadas
de la cultura del Antiguo Egipto y de las culturas antiguas en general,
entre ellas las denominadas "precolombinas" de Mesoamérica
y Perú, he tomado nota de diferentes informaciones que, en
mi criterio, sería de interés desarrollar en el trabajo
investigativo de mesa necesario para arrojar más luz sobre
este tema que ha captado la atención de la comunidad científica
y del hombre común a escala internacional, quienes esperan
en un futuro relativamente cercano una respuesta conclusiva. En
los apuntes que siguen, no he desdeñado, por supuesto, las
fuentes esotéricas consultadas por mí de larga data,
aclarando que "esotérico" significa "lo oculto,
lo velado en aras de preservar su pureza" y de ningún
modo, "lo falso, lo resultante de la superchería"
con lo cual, desafortunadamente, personas desconocedoras del verdadero
significado de este término han establecido una incorrecta
sinonimia. Por todo ello, afirmo categóricamente que, sin
conocer y decodificar el simbolismo esotérico de las fuentes
antiguas, el hombre de hoy, el hombre moderno, jamás podrá
entender la esencia de aquellas viejas –y por lo general,
sabias– manifestaciones culturales.
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a)
La etimología del vocablo América
En mi libro La Gran Rueda (Una lectura decodificatoria de
la Espiritualidad en los Misterios del Antiguo Egipto) [7]
el signo jeroglífico MER es uno de los pilares en torno
a los cuales se fundamenta la teoría en él planteada
sobre el recorrido iniciático en los Misterios egipcios.
Analizado en toda su polisemia –amor, arado, pirámide,
canal– la huella de la voz Mer está presente
en numerosos vocablos que en todos los casos apuntan a una
elevada espiritualidad, i.e., Meru (Monte), Mercabah, el bíblico
carro de Ezequiel, Ta-Mert, "la tierra bien amada",
uno de los nombres del viejo Egipto.
¿Por qué no también en América,
palabra que no deriva del nombre del navegante y geógrafo
italiano "Americo" Vespucio quien, en realidad,
se llamaba Alberico? [8]. La creencia generalizada es que
fue Vespucio quien dio nombre al continente y que esta denominación
se utilizó por primera vez en el siglo XVI. Analicemos
dicho error:
En su magistral obra Isis sin Velo, Helena Petrovna Blavatsky,
fundadora de la Teosofía, presenta diversos argumentos
que fundamentan su criterio de que el nombre América
era muy anterior a la época de Vespucio: enlaza esta
palabra, América, con la comarca montañosa nicaragüense
denominada Americ, Amerrique o Amerique, "que se extiende
entre Jucigalpa y Libertad en el departamento de Chontales
(...)", señalando que en "el idioma indígena
las terminaciones ic e ique significan grandeza, jefatura
y dignidad, como por ejemplo cacique. Asimismo, apunta que
en el relato de su cuarto viaje, Colón cita "el
poblado de Cariai (probablemente Cacai) (...) situado en la
cordillera de Amerrique, a unos 920 metros sobre el nivel
del mar". Y añade: "Sin embargo, Colón
omite en su relato la palabra Amerrique".Aclara a continuación
que la "denominación Provincia de América
apareció por vez primera en un mapa publicado en Basilea
el año 1522 (...)" y cita a Wilder (Notas) como
corroboración de lo antes expuesto: "Es muy probable
que la cordillera nicaragüense de Amerique (gran montaña
como el monte Meru) diese su nombre a todo el continente,
pues en caso de habérselo dado Vespucio, seguramente
lo derivaría del apellido y no del nombre. Si llega
a comprobarse la etimología atribuida por Bourbourg
a las palabras atlas y atlántico, con su raíz
atlan, concordarán admirablemente ambas hipótesis.
Como quiera que Platón no es el único autor
que alude a un continente sito más allá de las
columnas de Hércules, y teniendo en cuenta que el mar
es poco profundo y abundante en algas en toda la región
tropical del Atlántico, no es despropósito suponer
que en aquellas latitudes existió un continente o un
copioso archipiélago. También en el Pacífico
se hallan indicios de que un tiempo existió un populoso
imperio insular de raza malaya o javanesa, o tal vez un continente
que se dilataba de Norte a Sur. Sabemos que el continente
lemúrico es un sueño para los científicos,
y que el desierto de Sahara y la comarca central de Asia fueron
un tiempo mares".[9]
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b)
Sobre la polémica Atlántida
Analizar en detalle uno de los temas más debatidos en todo
el planeta escapa, claro está, de los marcos de este trabajo.
A seguir, empero, se aludirá en pocos párrafos a la
descripción platónica de este "continente"
y al llamado "error décuplo" planteado por los
defensores de la tesis egea en detrimento de la atlántica,
incluida la mención al evento catastrófico más
universalmente referido [10]: "(...) Ahora bien, la Biblia
nos cuenta de Noé lo que la epopeya de Gilgamesh cuenta de
Utnapishtim. (...) En conjunto, son 80.000 las obras escritas en
72 idiomas sobre el Diluvio Universal, 70.000 de las cuales hacen
mención de los restos del navío legendario. (...)
Pero surge una pregunta: ¿aquella inundación babilónica
es en realidad el diluvio de que nos habla la Biblia? [11]
Al analizar esta leyenda[11][1], se hace más evidente el
supuesto error de nomenclatura cometido en la transcripción
del Génesis, que habría atribuido "a Caín
el papel de agricultor y a Abel el de ganadero (alegoría
de la sustitución de la vida nómada por la vida sedentaria).
Llegado este punto, el análisis de Eliseo Reclus invita a
la reflexión. Si nos colocamos en el punto de vista que fue
sin duda el de los Caldeos, redactores originarios de la leyenda,
Caín es, pues, un personaje muy diferente del que nos representa
nuestra imaginación, influida por la copia fiel del documento,
y el primer asesinato atribuido al labrador no debe imputársele
de manera alguna, porque no coincide con la verdad social. Históricamente,
en los ataques de pueblo a pueblo, el ataque no viene del labrador
pacífico, sino del nómada que va en busca de tierras
nuevas. Por lo demás, la idea del asesinato había
de nacer más fácilmente en el hombre que degüella
y desuella animales que en el que se ingenia para construir el arado
de madera. La historia del primer asesinato, referida bajo la forma
judía, es en realidad la primera calumnia."[11][2]
De este modo, hecha ya la corrección planteada por Reclus
y trasladando ambos papeles a Balam-ek y a Sibon-ek, podría
inferirse que este último sería el representante del
pastoreo y, el primero, de la agricultura, carácter que habría
prevalecido en la condición de grupo no agrícola como
lo fue el ciboney.
"Es lamentable que, por apartarse del tópico tratado,
no sea posible profundizar más sobre una cuestión
tan controvertida como la lucha entre hermanos –por lo general
gemelos– que también ejemplifica el caso de la suplantación
de Esaú por Jacob (Gn.25, 19-34), "combate" que,
llevado a su expresión última de acuerdo con los Misterios
antiguos, llegó a encarnar la lucha entre los principios
del bien y del mal (Osiris-Seth, Ormuz-Ahrimán, etc.)."[11][3]
En la leyenda maya, sería posible decodificar con el rigor
exigido cada uno de los personajes que en ella intervienen, así
como el papel desempeñado por el descomunal desbordamiento
de las "aguas" que terminan por separar a ambos hermanos,
emblemas quizás de los principios femenino y masculino ya
separados tras la escisión de la androginidad original (Véase
Hermes-Afrodita).
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Por último, conociendo las hipótesis sustentadas,
i.a., por eruditos de la talla de Alejandro de Humboldt y
Manuel Rivero de la Calle, así como por la propia ingeniera
marítima Paulina Zelitsky –responsable de las
exploraciones de arqueología submarina que se llevan
a cabo actualmente en las costas occidentales de Cuba–
vista ya la legendaria raíz del grupo ciboney y de
la propia Isla de Cuba, y conociendo que el grupo taíno
procedía también de tierras sudamericanas, adquieren
aún más fuerza las afirmaciones halladas en
los libros esotéricos antes citados referentes a la
real pertenencia de la Isla de Cuba al continente americano
en un período que podría remontarse a miles
o incluso a millones de años. Claro está, las
diversas sumersiones y emersiones que pueden haberse producido
en dicho territorio durante ese lapso, unido a cataclismos
de índole volcánica de gran intensidad, caídas
de meteoritos, etc., deben haber contribuido a transformar
la estructura original de tierras y aguas.
La conexión territorial con la Florida no excluye la
conexión territorial con la península de Yucatán.
Es innegable que el atraso cultural del grupo ciboney no está
en correspondencia con el desarrollo cultural del pueblo maya,
enigma que podría develarse una vez establecida la
cronología pertinente. Sin embargo, los puntos de contacto
entre diversas manifestaciones, como por ejemplo, el carácter
religioso y el desarrollo del juego de pelota de mayas y taínos,
es también otro motivo de reflexión. También
podría serlo que en el primer período maya,
al norte de la península yucateca y situada entre Chichén
Itzá y Tuluum, hubiese una zona denominada Coba, vocablo
que podría asociarse con Cuba. Quizás las estructuras
megalíticas con posibles inscripciones vislumbradas
hasta el momento constituyan arcaicas estelas mayas o de alguna
otra cultura prehistórica capaz de erigir también
caminos y construcciones piramidales. No debe olvidarse que
"pirámide" es una de las acepciones de la
voz Mer y que a medida que han ido surgiendo nuevas evidencias
sobre los vínculos, i.e., entre América y Asia,
la teoría del aislamiento americano ha dado paso a
la certeza de un contacto prolongado entre estas y otras tierras.
Pruebas irrefutables de ello son diversas prácticas
comunes tales como la construcción de monumentos megalíticos,
la heliolatría, la ofiolatría, los mitos de
la Creación, el Diluvio, cataclismos volcánicos,
el origen divino de los reyes, la momificación, las
estructuras piramidales, la escritura jeroglífica,
el simbolismo de piedras preciosas (jade, etc).[11][4] Por
todo ello, apoyo a quienes han desechado la teoría
del "origen independiente" de las culturas precolombinas
y, sobre todo, la de Florentino Ameghino en cuanto al carácter
autóctono de los primitivos pobladores americanos.
Thor Heyerdahl, el gigante cultural unificador de pueblos,
se encargó también de demostrarlo con sus expediciones
"Kon-Tiki" y "Ra II".
En adelante, los investigadores que participan en la exploración
del ADC-Cuba tienen ante sí la tarea de alcanzar las
importantes metas planteadas por la Arqueología moderna:
a) datación y clasificación de los artefactos
y estructuras mediante el análisis de laboratorio de
sedimentos, fósiles y en general, de cada estrato geológico,
así como la conservación correspondiente; b)
la reconstrucción de lugares y ambientes a partir de
artefactos, industrias y conjuntos hasta delinear el marco
de la cultura de que se trata; c) explicación de los
resultados, todo ello con el auxilio ininterrumpido de la
información más rigurosa y a la vez abarcadora
que pueda recopilarse. Y si bien en el campo de la Arqueología
moderna métodos de datación como la palinología,
la paleontología, la datación por radiocarbono,
por magnetismo, el índice de sedimentación son,
entre muchos otros, valiosos instrumentos científicos
para el arqueólogo, geólogo, ingeniero marítimo,
biólogo, lingüista y demás investigadores,
no debe dejarse a un lado la consulta, estudio y decodificación
de textos esotéricos antiguos que, como se ha visto,
a lo largo de los siglos son capaces de suministrar asombrosas
y certeras informaciones científicas.
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[1] El equipo
cubano está encabezado por los especialistas Dres. Gabino
de la Rosa, Manuel Iturralde y José Díaz Duque,
estos dos últimos del CITMA (Centro de Investigaciones
sobre Tecnología y Medio Ambiente).
[2] Eliseo Reclus. El Hombre y la tierra, Op. Cit., Tomo primero,
pp. 492-493. En: La Gran Rueda, Cap. II, Nota 125.
[3] La Gran Rueda, Op. Cit, cap. II.
[4] Donald A. Mackenzie. América Precolombina (Mitología),
pág. 116.
[5] En: H.P. Blavatsky, Op. Cit, pág. 395, Nota 51. Recuérdese
que este libro fue publicado en el siglo XIX.
[6] Ibid.
[7] No debe pasarse por alto el simbolismo del número siete.
Asimismo, H. P. Blavatsky expresa en la citada Nota 51 de su Op.
Cit, que tal vez algún día el nombre de América
"se vea relacionado con el sagrado monte Meru, que, según
la tradición inda, se alza en el centro de los siete continentes.
[8] Erich von Däniken, Regreso a las Estrellas, pp.141-147.
[9] Erich von Däniken, Op. Cit., pág. 147. Negrita
de la autora.
[10] Dr. Manuel Rivero de la Calle. Las culturas aborígenes
de Cuba, pág.14.
[11] Ibid, pág. 19.
[11][1] Cortesía de un especialista de la Estación
de Pastos y Forrajes, Yayabo, Sancti Spiritus, Cuba, enviada a
la lista de piramidología.
BIBLIOGRAFÍA
– Blavatsky, Helena Petrovna. Isis sin Velo, Tomo II. Ediciones
Novedades de Libros, México D.F., 1953.
– Calzadilla, Julia. La Gran Rueda (Una lectura decodificatoria
de la Espiritualidad en los Misterios del Antiguo Egipto). (Inédito,
aprobado para su publicación).
– Däniken, Erich von. Regreso a las Estrellas. Plaza
& Janes, S.A. Editres, Barcelona, 1975.
– Hole, Frank y Heizer, Robert F. Introducción a
la arqueología prehistórica., Fondo de Cultura Económica,
México, 1983.
– Mackenzie, Donald A. América Precolombina (Mitología).Edimat
Libros, Madrid, s/f.
– Rivero de la Calle, Manuel. Las culturas aborígenes
de Cuba. Editora Universitaria, La Habana, 1966.
– Ruz Lhuillier, Alberto. La civilización de los
antiguos mayas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974.
– Séjourné, Laurette. Antiguas culturas precolombinas.
Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974.
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JULIA
CALZADILLA NÚÑEZ
(Licenciada en Historia del Arte)
jcn@cubarte.cult.cu
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