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Una tarea realmente
difícil para el que no profesa ni se adhiere a ninguna fe
en particular, es vislumbrar los límites reales, si es que
existen, entre sectas y religiones. Más allá de estudiar
el concepto de lo que es una secta y de lo que se supone que no
es una religión, está el hecho de que para muchos
no existe diferencia alguna. Para quien se adhiere a una secta difícilmente
aceptará que se trata de una, por lo que no considerará
en ningún momento que deba hacerse alguna diferenciación.
Para el que profesa una religión, desde su punto de vista,
tampoco será necesario hacer distinción alguna pues
se encuentra seguro de estar del lado correcto, es decir, en una
religión y no en una secta. A fin de cuentas, queda para
el escéptico, descreído, ateo o sencillamente indiferente
a la temática sectaria/religiosa, intentar determinar o comprender
si hay o no diferencias entre una forma de culto y otra.
Y quizás muchos se pregunten por qué es importante
hacer alguna distinción. Es fácil si nos damos cuenta
de la connotación despectiva que la palabra secta ha adquirido
en las últimas décadas. Más que por la naturaleza
de las mismas, que ya de por sí implican un perjuicio para
quienes se adhieren a ellas, por los sonados casos de sectas suicidas,
que desde Jonestown, con Jim Jones invitando al suicidio a más
de 900 personas (e invitando es solo un eufemismo deliberadamente
usado), se han sucedido numerosos casos de sectas que llevaron a
sus seguidores a la muerte, sea por un acto de suicidio o porque
directamente los asesinaran cuando no aceptaron inmolarse junto
al resto. Así que ahora quedan de un lado las sectas y del
otro las religiones, consciente o inconscientemente se asume que
profesar una religión está bien, mientras que ser
parte de una secta está mal. Pensemos de nuevo: cerrarse
a otras opiniones diferentes a aquellas que nuestro grupo acepta,
aislarse intelectualmente al no aceptar que existan otras explicaciones
para lo que es la vida, la naturaleza, el universo y todo lo que
ello implica, asumir como reales seres, historias, hechos y relatos
porque un libro, fundamento de ese grupo y en base al cual se ha
tejido todo un sistema de creencias, que no filosófico, lo
dice, no es, según las religiones, perjudicial para quienes
se unen a ellas.
Sin querer ser reiterativos, no está de más pensar
una tercera vez y considerar hasta qué punto somos certeros
al acusar solo a las sectas de estar en la posición equivocada.
Hasta qué punto alertamos en una única dirección
y dejamos que lo establecido por la tradición, por costumbre,
por antigüedad, por ser extremadamente poderoso política,
social y económicamente, se acepte como favorable para el
individuo, aunque esto le signifique la mutilación de su
libertad de opinión e individualidad y el derecho de todo
ser humano a mantener su mente abierta al conocimiento, la información
y la decisión para obrar según lo que las leyes morales
de la sociedad y de sí mismo, le dicten como más adecuado,
sin el continuo temor de que un error le condenará al infierno
eterno o le asegurará la expulsión de quienes hasta
ese momento fueron su refugio, su compañía y su guía,
dándole la espalda al cometer algún pecado, decir
una blasfemia o romper cualquiera de sus reglas sagradas impuestas
por seres humanos tan imperfectos como quien las vulnera.
Ciertamente que en la actualidad algunas religiones no fomentan
ni provocan la muerte de sus seguidores, pero no debemos olvidar
que otras sí lo hacen, de hecho, esperan ganar el anhelado
cielo de esa forma, a través del suicidio, aunque ello implique
la muerte de miles de personas como podemos ver continuamente en
Israel o, más recientemente, con lo ocurrido en Nueva York.
Sin embargo, no pasemos por alto algo que continuamente obviamos,
sea porque queremos o porque no nos damos cuenta: muchos crímenes
son cometidos también al amparo de supuestas posesiones,
exorcismos y demás ideas que determinadas religiones han
inculcado como ciertas. Y eso sin contar que fenómenos como
las sectas satánicas no existirían si no hubiese una
fe, cuyo pilar fundamental es la supuesta lucha contra el mal, al
cual han personificado, nombrado y dotado de toda una historia de,
por supuesto, desobediencia a las reglas, normas o palabras de su
Dios, y es que no podía ser diferente. Añadamos que
para no dejar morir lo que tan sustanciosamente les ayuda a mantener
a sus fieles en el camino de Dios, su Dios claro, autoridades religiosas
de alto poder aún en la actualidad insisten en asegurar a
sus fieles que el Diablo existe y deben cuidarse de él
la
solución, obviamente, es continuar siendo devotos a su respectiva
fe y no desobedecer en absoluto a quienes detentan la autoridad,
en un entramado jerárquico con tintes más políticos
que espirituales. Siendo las cosas de esta forma, los crímenes
se pueden adjudicar, fuera de las pasiones humanas, al rock, a las
drogas, a las sectas, al Diablo, a las películas e incluso,
increíble pero cierto, a los libros. Pero nunca a la devoción
por la fe de una religión que se ha convertido en buen ejemplo
de cómo tener poder político y económico, y
millones de seguidores alrededor del mundo que no se atreven a juzgarla
ni cuestionarla por ello. Si algo tiene de admirable, es esto.
Nada de lo que hemos desarrollado hasta ahora debe ser entendido
como una crítica a ninguna religión en particular,
sino a todas en general. No se refiere a una crítica en contra
del aspecto espiritual que todas buscan o, por lo menos, intentan
desarrollar en sus adeptos, sino a los métodos, formas, normas,
exclusión de otros conceptos diferentes a los suyos, la cerrazón
filosófica y el sectarismo que les caracteriza, así
como la falta de flexibilidad para adaptarse a la sociedad actual
y las necesidades de cada individuo, dejándolo de lado en
pro de su crecimiento como grupo acumulador de poder, de dinero
o de reclutamiento de fieles que le confieran, precisamente, todo
esto. Tampoco debe ser entendido como una forma de quitar parte
de la carga al fenómeno sectario, sino más bien de
dar a entender que ambas, las dos, son, de una u otra forma, la
misma cosa, que convergen en muchos puntos, quizás demasiados,
y esto les lleva muchas veces a la misma posición.
No sabemos si la muerte de miles de personas en el World Trade
Center o la de cientos de personas en Israel, mes a mes, son
más o menos que las decenas que son conducidas al suicidio
a través de las llamadas sectas destructivas. Tampoco sabemos
si la ceguera de los más acérrimos seguidores de las
principales religiones es mayor que la de aquellos que se mantienen
en los límites impuestos por sus líderes sectarios.
Pero lo que sí nos muestra un cuidadoso estudio del fenómeno
sectario y del religioso es que tal como pensaba Krishnamurti,
son una camisa de fuerza para nuestra mente. Creo que todo el que
la tenga debería, o querría si lo supiera, escapar
de ella.
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