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También
son conocidas las referencias bíblicas a través de la
figura de Jesús y, posteriormente, en el cristianismo se convirtió
en una práctica común, así como predicar, administrar
los sacramentos o bendecir con el agua bendita y aceites.
En tiempos más modernos, el médico Franz Anton Mesmer
aseguraba que podía llevar a cabo curaciones a través
de la canalización de lo que él llamaba el magnetismo
animal, algo diferente al conocido magnetismo físico. Para
Mesmer existía una fuerza que unía "los cuerpos
celestes, la tierra y los cuerpos animados", así lo
declaraba en 1779. Estaba convencido de que era posible dirigir ese
fluido, existente en todo el universo, y así curar cualquier
enfermedad.
Al principio realizaba pases con imanes alrededor del cuerpo del paciente,
pero luego pensó que no era necesario el contacto directo con
el imán, sino que bastaba con magnetizar los objetos para que
estos transmitieran sus efectos curativos. Así llegó
a colocar una cubeta magnetizada en el centro de una habitación
de la que sobresalían varias varillas a las que se agarraban
los pacientes. Estas personas solían experimentar diversas
reacciones nerviosas o histéricas, ya fuesen provocadas por
su fe en que estaban siendo sometidas a algún tipo de energía
que recorría sus cuerpos, o porque efectivamente la pretendida
fuerza magnética que postulaba Mesmer, hiciera efecto sobre
ellos.
En nuestro siglo, durante la década de los sesenta, las primeras
investigaciones conocidas fueron realizadas por el Dr. Bernard Grad,
de la Universidad McGill de Montreal, quien llegó a la conclusión
de que los sanadores psíquicos o espirituales eran realmente
efectivos al emplear la energía de sus manos para curar. Realizó
un variado número de experimentos utilizando plantas y animales
para evitar que interfiriera la creencia o fe de quienes fuesen sometidos
como objeto de sus pruebas.
Con el húngaro Oscar Estebany como principal colaborador, Grad
provocó bocios en los ratones que utilizaría para uno
de sus primeros experimentos y luego los separó en dos grupos:
el primero sería de control y el segundo estaría sometido
a la influencia del sanador. Luego de cuarenta días fueron
comparados los ratones de ambos grupos, comprobándose que los
ratones tratados por Estebany habían desarrollado un bocio
mucho menor que los del grupo de control. En posteriores experimentos,
Grad utilizó algodón que fue tocado por las manos del
sanador, para colocarlo en ratones enfermos, y obtuvo los mismos resultados,
aún cuando no hubo contacto directo entre Estebany y los animales.
Más adelante llegaría a experimentar con plantas y semillas,
obteniendo similares resultados, que demostraban que las manos del
sanador, o su mente, poseían algún efecto curativo sobre
los seres vivientes.
En la actualidad son muchos y muy variados los experimentos que se
realizan para comprobar de una forma definitiva la existencia de esa
energía que radicaría en todos los seres humanos y que
sería capaz de sanar a otros, a través del contacto
físico o con la sola intención y el deseo de curar.
Independientemente de ello y de la espera a que el estamento científico
se pronuncie en base a lo que ya se ha investigado, muchos hospitales,
médicos y enfermeras lo utilizan para apoyar a la medicina
tradicional en el alivio de cualquier enfermedad, obteniendo resultados
evidentemente exitosos y que van más allá de la casualidad.
Intentar aliviar una dolencia o contribuir a sanar una enfermedad
por medio de la imposición de manos no es algo complicado.
Más allá del deseo de curar, basta con colocar las manos
a unos 10 centímetros del lugar en el que se desea influir
y durante un tiempo no mayor a los diez minutos. Aún si las
manos se colocan sobre la cabeza, estando el dolor localizado en otra
zona, se logrará igualmente un efecto sanador, ya que esta
energía, que parece emanar de nuestras manos o de nuestro organismo,
es capaz de dirigirse por sí misma hacia la zona necesitada
de alivio. |
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