|
engloban, a grandes rasgos, la totalidad de volúmenes dispuestos
en las estanterías de una de esas librerías de libros
raros: el esoterismo, el ocultismo, y la parapsicología.
Estas tres palabras, a pesar de lo que opinen muchos ciudadanos
de a pie, no se refieren ni mucho menos a lo mismo.
Vayamos por pasos.
El esoterismo —del griego: dirigido hacia el interior—
hace alusión a la transmisión de un conocimiento antiguo
y secreto a un limitado círculo de iniciados, mediante símbolos.
A lo largo de esta breve descripción ya han desfilado los
conceptos más importantes del esoterismo: Tradición,
Simbología, Iniciación. El estudioso René
Guénon concedía una importancia decisiva
al primero de ellos: la Tradición. Negaba, así, la
condición de esotéricas a todas aquellas agrupaciones
que, aun autodenominándose de tal forma, no cumpliesen el
requisito de garantizar, mediante una estricta jerarquía
y un proceso de instrucción de maestro a iniciado, la enseñanza
de una Tradición antiquísima que, según él,
era —es— en esencia común a todas las sub-tradiciones
esotéricas. La práctica del esoterismo conlleva, pues,
la iniciación del interesado en ese claustro del conocimiento
—vedado a los profanos— y el firme compromiso de no
revelar al exterior nada de lo comunicado allí dentro. El
fin de esta participación es la consecución de un
conocimiento simbólico que descubra los arcanos de la existencia
y, consecuentemente, nos autorrealice y perfeccione. Dentro del
esoterismo podemos englobar tradiciones como la Cábala,
el Sufismo, el Gnosticismo, la Masonería o la Alquimia, algunas
de ellas íntimamente ligadas a las grandes religiones monoteístas,
constituyendo por lo tanto el reverso de la moneda exotérica,
la doctrina accesible al gran público.
El ocultismo
engloba todas aquellas prácticas que pretenden conducir a
la aprehensión de la realidad mediante procedimientos de
tipo mágico o sobrenatural, esto es, desligados de la causalidad
física y entroncados en la pura analogía: aquí
nos encontramos con la Magia propiamente dicha, la Santería,
la Astrología, el Satanismo, las diversas mancias y la comunicación
con el espíritu de los muertos, o Espiritismo —aunque
no falte quien proponga hacer categoría aparte con esta última—.
El ocultismo no se alimenta de la gran y primigenia Tradición
de la que hablaba Guénon, y no busca una autorrealización.
La parapsicología
es una rama del conocimiento que estudia, con aplicación
del —imperfecto pero útil— método científico,
todos aquellos fenómenos inexplicables para la ciencia oficial.
Su área de estudio abarca dos grandes materias: los fenómenos
psi-gamma, o de índole subjetiva, y los fenómenos
psi-kappa, o de índole objetiva. Los fenómenos psi-gamma
son aquellos que no interactúan con el medio físico,
y que tan sólo tienen lugar en la mente de un individuo o
varios, tales como la precognición, la telepatía o
la clarividencia. Los fenómenos psi-kappa sí ejercen
una transformación del entorno físico. Podemos entender
como tales: las teleplastias, la psicocinesis, el poltergeist, las
psicofonías o el curanderismo.
A mi entender,
el término «parapsicología» es inadecuado,
al sugerir, y por tanto, inducir a la creencia en el origen psicológico
o mental de estos fenómenos. Además, al quedar excluidos
de su campo de investigación —por lo menos nominalmente—
otros enigmas dejados de la mano de la ciencia oficial, tales como
los que estudia la ufología, la sindología o la criptozoología,
surge la necesidad, para englobarlo todo, de acudir al uso, nuevamente,
de términos difusos. Esto es lo que ocurre con «paraciencia»
que, etimológicamente, no tiene el significado que habitualmente
se le da: «estudio de lo que está al lado de lo estudiado
por la ciencia», sino que significa «estudio que está
al lado del estudio propiamente científico». No científico
a su vez, por tanto.
Por otro lado,
el uso del término paranormal conduce a necedades lógicas
del tipo de este enunciado: «el origen paranormal del fenómeno
es muy probable». Veamos: un fenómeno puede parecer
normal o paranormal, pero no lo es o no probablemente. Si la parapsicología
quiere fundamentar su estudio en el método científico,
como presume hacer, no puede pretender determinar la paranormalidad
de un fenómeno. De ser así, nos veríamos abocados
a una simple y llana tautología: estudiaremos la paranormalidad
para certificar su paranormalidad. Es como si alguien nos señalara
un fenómeno raro y nos dijera: mire qué raro es. Inmediatamente
nos veríamos impelidos a responderle: ya vemos que es raro,
no estamos ciegos, pero díganos algo más acerca de
su naturaleza. Estoy seguro de que éste y no otro es el motivo
de que, carentes de una hipótesis razonable hacia la que
enfocar sus pesquisas, muchos de los llamados «investigadores»
de lo paranormal sean en realidad «coleccionistas» de
fenómenos paranormales. La acumulación de datos es,
desde luego, un trabajo previo imprescindible, y alguien tiene que
hacerlo. Pero nunca se llegará a nada si el método
de investigación se limita a la catalogación y el
análisis. Se necesita, como se necesitó para explicar
la caída de una manzana, una hipótesis falseable que
dé sentido a la acumulación de datos. Y la certificación
de paranormalidad no es una hipótesis falseable. Con ella
tan sólo se establece un bucle de realimentación —y
de autosatisfacción— que no conduce a nada. Seamos
tajantes: una ciencia —y la parapsicología, en principio,
lo es—, ante el estudio de un hecho comprobado, sólo
puede pretender clasificarlo de dos maneras: como «normal»
—aunque «atípico»—, esto es, a fin
de cuentas explicable dentro del marco de las leyes físicas
conocidas o por conocer; o como «sobrenatural», esto
es, inexplicable a la luz de las leyes físicas —un
milagro, por ejemplo—. ¿Qué es entonces, lo
paranormal?... Su uso como concepto intermedio es inaceptable. La
fuerza gravitatoria, tan desconocida aún —todavía
no se ha detectado el famoso gravitón— debería
ser entonces, también, un fenómeno paranormal. Los
físicos no la califican así, únicamente se
limitan a elaborar hipótesis e intentar demostrarlas. A lo
mejor los parapsicólogos deberían hacer lo mismo,
y desterrar definitivamente la palabra «paranormal»,
por acientífica.
La propia denominación
«parapsicología» debería sustituirse por
otra. Sobre todo en el caso de los fenómenos psi-kappa, de
naturaleza física, es evidentemente inadecuada: que la explicación
del fenómeno poltergeist, por ejemplo, sea de índole
psicológica no deja de ser una elucubración. Y una
elucubración no puede dar nombre a una ciencia, sólo
el fenómeno en el que se basa esa elucubración. Sólo
las ideologías, y no las ciencias, toman su nombre de elucubraciones.
De no ser así, la cosmología, actualmente, debería
denominarse universoenexpansionología, porque la hipótesis
cosmológica dominante en estos momentos es la de que el universo
de halla en expansión imparable.
Finalizaré
estos comentarios con una propuesta: englobar el estudio de los
fenómenos psi-gamma, psi-kappa, la ufología, la criptozoología,
etc., bajo la etiqueta —imperfecta pero razonable— de
Xenología, del griego «?????», que significa
«extraño, insólito, raro sorprendente»
, y que hasta ahora se ha venido utilizando para hacer referencia
al estudio de una hipotética vida extraterrestre. Ampliemos
el término, ya que la acepción vinculada a lo extraterrestre
aún no está demasiado extendida, y todavía
estamos a tiempo de apropiárnosla . Xenología: estudio
de fenómenos extraños, pues —siempre nos quedaría
Xenofenomenología, pero es un poco largo, ¿no les
parece?—. Es sólo una propuesta, discutible y mejorable.
Quizás alguien la haya alumbrado antes con este fin, lo desconozco.
En cualquier caso, es una propuesta que enmarco dentro de un llamamiento
más general: invoco a los estudiosos de esta temática,
a todos aquellos que no sólo han constatado la existencia
de fenómenos extraños, sino que además anhelan
un mayor rigor en su estudio, que dediquen algunos minutos a replantearse
el uso que hacen de ciertos términos y contribuyan, en sus
escritos, coloquios y declaraciones, al esclarecimiento de este
mejunje ininteligible de equívocos y contradicciones en el
que se debate el «País de lo oculto». Si no,
seguiremos asistiendo durante mucho tiempo al lamentable espectáculo
de esos charlatanes y farsantes que aparecen en televisión
dándoselas impúnemente de «brujitos, parapsicólogos
y expertos en mecánica cuántica», todo por el
mismo tubo. Pongamos un poco de orden en este lío, que supone
un verdero peligro y agresión constante contra la dignidad
de los que ostentan una pretensión legítima de conocimiento.
1 Definición
que del término «esotérico» propone el
diccionario ideológico Julio Casares: «Oculto, enigmático,
incomprensible. Dícese de la doctrina que los filósofos
de la Antigüedad no comunicaban sino a corto número
de sus discípulos.»
2 Definición que del término «ocultismo»
propone el diccionario ideológico Julio Casares: «Ciencia
que pretende investigar y utilizar las fuerzas ocultas de la naturaleza,
y especialmente las de carácter misterioso o sobrenatural.»
3 Comentario del profesor Hans Bender acerca de las psicofonías
publicado en Parapsichology Review.
4 El afamado Dr. J.B. Rhine, de la Universidad Duke, representa
un modélico ejemplo de científico que justifica la
masiva recogida de muestras bajo estrictas condiciones de control
—a principios de los años 30 del pasado siglo efectuó
85.000 pruebas— en la demostración estadística
de una hipótesis: en su caso, se trataba, simple y llanamente,
de certificar la existencia o no de las facultades telepáticas.
Aun siendo de otro color su pelaje, el millonario James Randi demostraría
un rigor equiparable en su cacería de fraudes. Por lo que
a mí respecta, la condición de «escéptico»
de este último no menoscaba en absoluto su condición
de «investigador de lo extraño» ya que pienso
que el primer objetivo, y el más apremiante de todo «parapsicólogo»
es desmontar la posible farsa oculta entre las bambalinas de un
fenómeno aparentemente paranormal.
5 Y también,
en honor a la verdad: «extranjero, forastero, peregrino»...
6 Además, en ese caso vuelve a bautizarse un área
de estudio en base a una hipótesis no demostrada —existencia
de vida extratarrestre— en vez de en una fenomenología
comprobada, que sea objeto de estudio. Dado que parte de los fenómenos
calificados hasta ahora como de «paranormales» sí
conforman un corpus de estudio, están en su derecho de llevarse
el gato xenológico al agua.
APÉNDICE:
Propongo la celebración —aunque sea en la virtualidad
de un foro en internet, de momento en el ámbito hispanohablante—,
de un encuentro abierto a periodistas e investigadores de «lo
oculto», miembros de sociedades parapsicológicas e
interesados en general donde se debatan los pros y los contras de
antiguas y nuevas nomenclaturas, ya que el idioma, como todos sabemos,
sirve para comunicarse, y por lo tanto se alimenta del consenso
entre las partes. |