Las
opiniones dominantes en el mundillo ovnilógico parecen señalar
que en La Aurora han ocurrido ciertos hechos puntuales, a partir de
los cuales la desesperada necesidad colectiva de ver y creer ha inducido,
seguramente, otros, donde el fraude y la alucinación no quedan
afuera.
Supuestas curaciones milagrosas (lo de “supuestas” es
a título de la dificultad de rastrear con un seguimiento médico
serio tales recuperaciones galopantes), materializaciones del padre
Pío de Pietralcina, mensajes telepáticos... Uno podría
tomar la actitud facilista de echar al cesto de residuos todas esas
declaraciones, habida cuenta de que la mayoría de ellas provienen
de lo que podríamos denominar “mesiánicos de los
OVNIs”, y la aparente contradicción entre los decires
de exaltación espiritual de algunos de esos turistas y sus
discutibles valores morales (cualquiera que haya visto los desmanes
que algunos de esos “contactados” han cometido contra
las propiedades de los dueños del lugar, como cortar clandestinamente
alambradas cuando se les inhibía el paso, carnear subrepticiamente
algún animal de corral para comer, pisotear impunemente sembradíos,
estará de acuerdo en un todo conmigo) si no ocurriera que otros
testigos, eventualmente dignos de crédito, en ocasiones (pocas,
es cierto, si se eliminan las exageraciones malintencionadas y las
burdas confusiones, más que comunes en ciertos “investigadores”
incapaces de distinguir un satélite, una inversión de
temperatura o los faros de un automóvil reflejándose
en una capa baja de nubes de un OVNI) refieren testimonios dignos
de crédito.
En estos últimos casos, uno se siente tentado de abordar una
explicación parapsicológica de los fenómenos
de la estancia uruguaya como generaciones ectocoloplasmáticas,
“tulpas” o egrégoros, o “infecciones”
telepáticas inconscientes, como si la extrema tensión
vivida en la zona gatillara reservas de energía del inconsciente
colectivo que se exteriorizaran materialmente.
Como veremos después, posiblemente esto es lo ocurrido en el
caso que relataremos a continuación. Uno de esos casos en los
cuales nos sentiríamos tentados a olvidar por su aparente cuota
de absurdo (actitud que reconocemos poco científica) sino fuera
por la credibilidad y seriedad que nos merece la fuente.
A principios de 1991, un matrimonio cuyos datos, por expreso pedido
de los mismos, mantenemos en reserva –lo que invalida el fraude
o la mitomanía, donde la publicidad, amén de encontrarse
con algunos dinerillos, es siempre la dominante– oriundos de
la ciudad de Santo Tomé, provincia de Santa Fe, Argentina,
viajó a la Aurora, en compañía de su pequeño
hijo de tres años. Tras dos días sin grandes novedades,
deciden improvisar un picnic, antes de despedirse del lugar, en el
ya famoso monte de eucaliptus. Allí se les reúne un
pequeño cabrito, y comienza la historia.
El padre obtiene varias fotos de su hijo jugando con el animal, una
de ellas, la que reproducimos, donde el pequeñuelo fue recortado
de la misma fotografía (tal la insistencia de sus padres en
no ser reconocidos). Se observa al cabrito parado sobre sus dos patas
traseras y al contemplar la copia algo llamó poderosamente
la atención del matrimonio. Algo de lo que tienen la más
absoluta seguridad que no estaba allí cuando se tiró
la placa –atendiendo sobremanera al hecho de que cuidaron de
dejar el lugar en las mejores condiciones de limpieza– y que
parecía, a simple vista, uno de esos duendecillos o gnomos
de los cuentos infantiles (foto 1). En plan de averiguar de qué
se trataba, nos trajeron la fotografía.
Reconocemos que de no inspirarnos confianza estas personas, seguramente
la habríamos dejado dormir en el fondo de algún atestado
cajón de nuestro escritorio. Pero les creímos. Esto
puede ser muy subjetivo, de acuerdo, pero no es pecado, y a lo largo
de estos años creemos haber desarrollado un particular olfato
para saber cuándo somos víctimas de un fraude o no.
Así que nos sentamos a poner en orden algunas ideas.
La impresión de “duende de historieta” se vio ampliada
junto con la nueva copia. No somos particularmente reacios a admitir
que en este universo el espíritu y la inteligencia pueden manifestarse
de formas alternativas a las del hombre, lo que es lo mismo que decir
que no nos repugna la posibilidad de que ciertos seres, “elementales”,
coexistan con nosotros.
Pero tocados con gorro frigio, de rostro abotagado y abdomen prominente...
Claro que alguno puede preguntarse, lícitamente y después
de todo –si por un momento aceptamos la existencia de estos
humanoides– que las versiones renacentistas, barrocas y románticas
también tuvieron origen en declaraciones testificales, y si
a estos geniecillos se les ocurre andar por el mundo vestidos de esa
manera, no somos estos servidores árbitros suficientes de la
moda en dimensiones paralelas.
Pero se nos ocurre otra posibilidad, tal vez más seria (lo
que no es más que un eufemismo para disfrazar nuestra reaccionaria
actitud de rechazar hipótesis demasiado audaces). En Parapsicología
conocemos un fenómeno llamado ectocoloplasmía, masa
de ectoplasma –esa sustancia exudada por ciertos dotados–
que adoptan una forma específica. Algo así como una
ideoplastia o un tulpa, expresión tibetana para referirse a
las formas de pensamiento. También hemos tomado debida nota
de la relativa facilidad de obtener escotofotografías (literalmente:
“fotografías en la oscuridad”) o, más correctamente,
psicofotografías, como las de Ted Serios y otros. Así
que la teoría es sencilla: el intenso deseo de los testigos
por ver algo, o las energías remanentes de los grupos que visitan
–en ocasiones con un alto nivel de dolor, estrés y esperanza–
el lugar, podría haber creado esa fantasmagórica aparición,
alimentada en recuerdos infantiles (porque, después de todo,
¿qué buscamos los amigos de lo insólito, sino
satisfacer los sueños del niño que llevamos dentro?)
y significando que entre el mundo de las ilusiones mágicas
y el de la prosaica realidad cotidiana existe un vaso comunicante:
el que duerme en los estratos más profundos del inconsciente
del hombre. |