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La
locura de la caza de brujas que convulsionó a la Europa occidental
durante los siglos XV, XVI y XVII pudo no revelar la existencia de
demonios sobrenaturales, pero sí engendró una nueva
especie de monstruos humanos: los cazadores de brujas, hombres de
rectitud patológica dedicados a descubrir a las supuestas servidoras
del diablo. La biblia de esos macabros asesinos era el infame Malleus
Maleficaruní (Martillo de Brujas), obra de dos fanáticos
dominicos publicada en 1486. Para los autores del libro no había
engaño demasiado tortuoso ni tormento excesivo con tal de obtener
confesiones. Tampoco cabían el escepticismo ni la moderación,
pues, como rezaba el lema del libro, «Ño creer en brujas
es la mayor de las herejías».
Uno de los más famosos discípulos del Malleus fue el
jurista y filósofo francés Jean Bodin (1529-96), tal
vez el primero en formular una definición «legal»
de la bruja —«alguien que, conociendo la ley de Dios,
trata de hacer algo mediante un pacto con el diablo»—
y hombre monstruosamente eficiente en la persecución de las
sospechosas de hechicería. En su afán de lograr confesiones,
torturaba personalmente a niños e inválidos, y protestó
de que se quemase a las brujas por ser esa una muerte demasiado rápida,
ya que apenas duraba media hora. En 1580, al final de su vida, Bodin
escribió una obra propia, Demonomanie, todavía más
dura y capciosa que el Malleus, que fue bien recibida y muy leída. |
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inquisidor de Lorena, Nicolás Remy, fue contemporáneo
de Bodin y su digno émulo, si no en lo intelectual,
sí como perseguidor. En los quince años que
juzgó casos de brujería, fue responsable de
la ejecución de unas novecientas personas. Cuando en
1582 murió su primogénito, sospechó,
como era de rigor, un maleficio, y acusó y condenó
a un mendigo a quien había negado limosna poco antes
de morir su hijo. Como bien explicaba Remy, «los brujos
tienen un modo muy traidor de aplicar su veneno, pues, tras
untarse las manos con él, agarran... la ropa de una
persona como si fuese para implorarla encarecidamente».
Como Bodin, Remy se retiró con todos los honores y
escribió un libro sobre sus experiencias, en el
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| Matthew
Hopkins |
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confesaba lamentar sobre todo no haber matado a más hijos
de las brujas.
El más mortífero de los cazadores de brujas fue con
mucho un discípulo de los jesuítas, Peter Binsfeld,
obispo sufragáneo de Tréveris, en Alemania, a finales
del siglo xvi. Se dice que este perseguidor implacable de las brujas,
que afirmaba que dar tormento «leve» era igual que no
darlo, fue responsable de la muerte de unos seis mil quinientos
hombres, mujeres y niños. Su Tratado sobre las confesiones
de malhechores y brujas fue considerado por muchos de sus contemporáneos
como una de las grandes obras jurídicas de la época.
Pocas voces se alzaron para oponerse a tan sangriento oficio. Cuando
el sabio holandés Cornelius Loos, horrorizado ante la enormidad
de los crímenes con respaldo legal de Binsfeld, intentó
protestar en nombre de la humanidad, fue condenado y obligado a
retractarse en público.
El hecho de que la mayoría de los cazadores de brujas creyesen
sinceramente en la rectitud de sus criminales actividades no hace
menos espantosos a la luz actual su perversa lógica, sus
desbordados prejuicios y sus métodos inhumanos. Henri Boguet
(1550-1619), jurista francés al que se atribuye el exterminio
de unas seiscientas brujas, fue capaz, por ejemplo, de ayudar a
condenar a un hombre de reconocida devoción basándose
en que el crucifijo de su rosario tenía una grieta diminuta,
claro indicio, decía, de que su dueño estaba aliado
con el diablo.
Fierre de Lancre, cazador de brujas oficial del rey francés
Enrique IV en el País Vasco, no era menos hábil en
detectar la presencia del satanismo. Por razones oscuras, pero que
parecen haber tenido morbosas connotaciones sexuales, Lancre llegó
al convencimiento de que los 30.000 habitantes del Labourd, incluidos
los clérigos, eran brujos. Cuando trascendieron sus conclusiones,
millares de personas huyeron de sus casas, y algunos emigraron incluso
a Terranova para escapar a lo que se avecinaba. En sólo cuatro
meses, Lancre quemó a unos seiscientos de'los que se habían
quedado y volvió triunfante a París para ser nombrado
consejero de Estado del agradecido monarca.
El más famoso de los cazadores ingleses de brujas fue un
puritano, jurista fracasado, llamado Matthew Hopkins. A diferencia
de algunos de sus colegas del resto de Europa, Hopkins, que tuvo
su apogeo durante un período relativamente breve de la década
de 1640, sólo consiguió dar muerte a unos cuantos
centenares de personas. Además, por decreto del Parlamento,
fue obligado a renunciar a su primitivo método de identificar
a las brujas, que consistía en arrojar a las sospechosas,
atadas, a un lago o río para ver si flotaban, en cuyo caso
eran consideradas culpables. No obstante, su recuerdo sigue siendo
especialmente odioso. Acompañado por un grupo de estudiantes,
este autoproclamado Pesquisidor General se trasladó al este
de Inglaterra, donde exigía contribuciones a los pueblos
por limpiarlos de brujas. Uno de los métodos que utilizaba
con mayor éxito era una forma de tortura psicológica
consistente en obligar a sus víctimas a andar constantemente,
sin comer ni dormir, hasta que, agotadas o delirantes, confesaban
su delito con tal de verse libres de su suplicio. |
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